sábado, 27 de marzo de 2021

 

CARTA PÚBLICA A LA “PROFESORA” MILDRED ESPARRAGOZA

 

Revisando las redes me he encontrado un ensayo suyo, titulado “Licitud de la Prueba de ADN en el Proceso Penal Venezolano”, publicado y disponible en: https://es.calameo.com/books/00005388216be3bdb07ab. Ahora bien, “profesora” Esparragoza, usted cita sendas páginas completas de un trabajo mío (¿Es posible la extracción de sangre al imputado sin su autorización?) publicado en el diario El Caroreño, en varias entregas, en el año 2007,  el cual, posteriormente fue publicado en un libro de mi autoría en el año 2008: “Anotaciones de derecho procesal penal”, editado por la Editorial Berkana Hispanoamericana, y seguidamente, en el 2011, en mi obra “Estudios de Derecho Procesal Penal”, por la editorial Vadell Hermanos Editores, Caracas, con varias reimpresiones; en Buenos Aires, Argentina, en 2018, por Ediciones Olejnik; y, finalmente, publicado en Bogotá, Colombia, en 2020, por el Grupo Editorial Ibáñez. Próximamente será editado en México.

Según leo en las redes, usted es “docente” instructora de la Universidad Bolivariana de Venezuela. Según usted también es “abogada”, y, como tal, debería saber que el plagio es un delito, mucho más embarazoso si quien lo comete es una profesional quien funge como facilitadora/docente en una universidad.

Usted debería saber que en un ensayo o artículo científico se DEBE citar las referencias bibliográficas y RESPETAR el derecho de autor.

No es la primera vez que alguien plagia mis trabajos. En Maracaibo, un alumno de postgrado del profesor, Dr. José Luis Tamayo Rodríguez, plagió casualmente el citado ensayo “¿Es posible la extracción de sangre al imputado sin su autorización?”, con tan mala suerte para él, que desconocía que el profesor Tamayo Rodríguez conocía mi libro “Anotaciones de derecho procesal penal”, por cuanto fue él quien lo prologara, conjuntamente con el profesor, Dr. Eric Lorenzo Pérez Sarmiento. Un “abogado” del Perú también plagió ese ensayo mío y otros que aparecen publicados en mis Blogspot. Esa ha sido una de las razones por la que he optado no publicar mis trabajos en las redes.

“Profesora”, Esparragoza: no perderé mi tiempo en entablar una acción en su contra por el desvergonzado, insolente, y descarado plagio que usted cometió en mi contra. Pero le sugiero que como “docente” de la Universidad Bolivariana de Venezuela, adiestre, eduque, enseñe e instruya a sus alumnos, que plagiar es un delito.

Sin más a que hacer referencia,

                         Prof. Leonardo Pereira Meléndez

                                    V-9.846.962

 

miércoles, 1 de agosto de 2018





La Obra “Estudios de Derecho Procesal Penal”, fue editada en Buenos Aires, Argentina, y la misma se distribuirá en Madrid (España), Buenos Aires (Argentina), Bogotá (Colombia), Lima, México y Santiago de Chile, siendo encargada de la distribución: la empresa Mapuche Distribuciones,  Talcahuano 481, 2do. Piso, Oficina 13, Capital Federal - Buenos Aires - Argentina.  Tel.: +54(11) 4.381-1442 / +54(11)4382-7943,  emapuche@hotmail.com.

martes, 10 de abril de 2018

POLITO...MI QUERIDO VIEJO

¡Oh, Dios mío! ¿Qué decir, qué palabras pronunciar, qué verbos o vocablos escribir, cuando se despide a un hombre que además de ser su padre biológico, fue un gran maestro, la última raíz que sostenía, con orgullo y valentía, ese árbol frondoso que tantas veces derramó luz sobre nosotros? ¿Cómo despedir a alguien que ha estado, está y estará siempre, profundamente vinculado con los más altos ideales religiosos, de la decencia y de la honestidad? ¿Cómo despedir a alguien que nunca le tuvo miedo a la muerte, que aceptó que ella –la muerte– forma parte esencial de la vida? ¿Cómo separar el dolor y desterrar las imágenes, los recuerdos, sin perder la serenidad y el aplomo que reflejaba su sola presencia? Difícil cuando no imposible. Por designios ignotos de la vida, me ha tocado despedir en el Huerto del Señor, a los seres que más he amado en toda mi vida. (Primero fue a Don Manuel Jesús Meléndez, mi siempre idolatrado y admirado Papa Chú…).  Polito, el viejo Polo, así llamaba yo a mi amado padre, un hombre que cometió muchos errores, y, como cristiano, cometió muchos pecados, como los hemos cometidos todos los hijos de Dios, desde la creación del macrocosmo. Sin embargo,  en sus imperfecciones humanas,  de continuo buscó enmendar sus faltas o traspiés, y nos enseñó a sus hijos, que la honradez, la dignidad, la lealtad, son principios y valores que de ningún modo, debemos apartar de nuestra formación ciudadana, si aspiramos a construir un mundo mucho mejor, donde prevalezca la equidad social y el bien común.  Pese a su longevidad y larga enfermedad, en absoluto perdió la lucidez y la sagacidad de su imaginación. Sus hijos nos habíamos “preparado” para el desenlace natural de su final terrenal.  En mi caso particular, pensé que yo lo aceptaría como él tanta veces me lo había pedido, en las múltiples tertulias, que ambos mantuvimos, ora en los viajes a San Pedro, ora en los hermosos poblados de los Andes venezolanos, ora en el Caney de su casa, acostados cada uno en una hamaca, conversaciones que casi siempre versaban sobre literatura, poesía o la historia local de Carora; sus análisis del acontecer político diario eran certeros,  resultados, probablemente, de su madurez, de su honda erudición. Le fallé. No le cumplí al viejo Polo. Porque me ha costado mucho aceptar su desaparición física. Saber que no podemos tocarlo, ni oír sus consejos, sus “regaños”, que ya no estará físicamente con nosotros, me ha dolido mucho, y, a solas, he llorado como un niño. El día que lo sembramos en el camposanto, esa noche, le hice una promesa: al día siguiente busqué a mi hermano Hipólito José (Cheo) Álvarez, hablé con él y a la vez que le pedí perdón, le comenté que no quería cometer el mismo error que nuestro padre había cometido con su hermano Jesús María Álvarez. Esa mañana sentí que el viejo Polo, me tomaba de la mano, y se alegraba de ver a sus malcriados hijos abrazados. Muchos son los que me dicen que heredé su carácter. Quizás sea así. Lo cierto es que nunca voy a olvidar sus enseñanzas, el buen y digno ejemplo que nos deja a toda su descendencia. Se nos fue el viejo Polo. Se me fue Polito. ¿Con quién conversar de los temas existenciales de la poesía, a quién confiarle mis alegrías y desilusiones? Hace años me dijiste, ¡Oh, padre!, que la vida era hermana de la muerte, y que la muerte viene junta con el olvido. Pues bien, Polito, hoy yo vuelvo a repetirle lo que aquel entonces fue mi respuesta: cuando se quiere de veras, nunca se olvida.  Y mi amor por usted es perenne, sempiterno, como el suyo por su bienamada madre. leopermelcarora@yahoo.es

viernes, 23 de abril de 2010

PURGATORIO

(A Alessandra Victoria Coronel; Jacqueline T.; A. Sinarai; M. B; ellas saben por qué…Dedico)
-***-
“Les aseguro que no estoy enfermo créanme
ni me suceden a menudo estas cosas
pero pasó que estaba en un baño
cuando vi algo como un ángel
"Cómo estás, perro" le oí decirme
bueno -eso sería todo
Pero ahora los malditos recuerdos
ya no me dejan ni dormir por las noches”
Raúl Zurita
Debo aclarar que el título de ésta crónica lo tomo prestado de la última obra de Tomás Eloy Martínez, sobresaliente novelista que nació el 16 de Julio de 1934 – para gloria de Sudamérica – y falleciera el 31 de Enero de 2010; y, aunque se casó – para no ser casado – y tuvo numerosas mujeres; su magno amor fue sin vacilación: Susana Rotker. Pero hoy no quiero hablar de literatura ni de cómo me vi obligado a comprar ésta obra que hace más de tres meses pedí a un amigo me la remitiera a mi lugar de destierro, ya que – por ahora, como dijera mi Comandante en Jefe en 1992 – no tengo trabajo alguno, y estoy triste, al mejor estilo de César Abraham Vallejo Mendoza: porque me da la gana. Por lo demás, tengo un torbellino de dudas rodando por mi cabeza. Ayer mi hermano Luis Alberto, cumplió dieciséis meses de muerto. He procurado recordar una que otra enseñanza bíblica y de nada me ha servido. ¿Cuántos libros religiosos, metafísicos, teológicos y filosóficos me he leído desde la época de mi bachillerato? Incontables. No por venir de un hogar clásico, plenamente religioso, católico: no, nada de eso. Por mi curiosidad intelectual. Nada más. Cuando murieron mis abuelos maternos, Papa Chú y Mama Teresa, me sumergí en ese laberinto profundo de la fe. Más adelante, cuando falleció mi hermano mayor, Jorge Franklin, yo – permítaseme la individualidad – hablaba de ello con mi hermano Luis Alberto. Él – Luis – era profundamente católico. Creyente en Dios y en la Virgen María en la advocación de la Chiquinquirá de Aregue. En mi caso particular, más por costumbre que por obligación, lo acompañaba a misa como en ocasiones hago con mis viejos padres, si bien, en más de una ocasión, me retiro del recinto eclesiástico, para no oír las peroratas del presbítero. (Y, créanme que no soy ningún apóstata ni nada que se parezca a ello). Dieciséis meses cumplió mi hermano de muerto. Dieciséis meses que unos truhanes, sin la valentía de dar la cara, lo asesinaron, cobardemente. Mi hermano Luis, tenía la costumbre de levantarse temprano, y antes de salir a trabajar, para llevar el sustento de su sudor a su familia, se persignaba y rezaba a las imágenes de la Virgen de Chiquinquirá y de San Benito. Por mi parte, yo – ¡por favor! Dispénseme mi yoismo o petulancia, como cariñosamente me dice el colega Dr. Ramón Pérez Linárez – también me levanto temprano. Y como Luis, también me persignaba y rezaba-sí, rezaba, mejor: oraba – y le pedía a la imagen de la Virgen de Lourdes que mi esposa me obsequió hace muchos años, por la salud y el bienestar de mis padres; pedía – sí, lo hacía – por todos y cada unos de mis hermanos; por mis hermanos de padre y madre; por mis hermanos de madre; y, por mis hermanos de padre; por mis hijos; por mi esposa; por una que otra gata…Bueno en fin, por todas las personas allegadas a mí. Desde que mataron a Luis, ya no lo hago. Ni rezo ni oro. Ni pido por nadie. Tampoco pido nada para mí. Ni siquiera después del vil atentado del que fui víctima el 19 de diciembre próximo pasado. (Por cierto, en esos días – permanecí 35 días en tres clínicas diferentes – recibí numerosas esquelas y mensajes de alientos, y uno de ellos, escrito por el Dr. Ramón Pérez Linárez, me hizo llorar en variadas ocasiones; no podía comenzar su lectura…Hasta que una tarde, parca y silenciosa, le pedí a mi hermosa bruja que me buscara la carta que Ramón me había escrito: ¡Y al fin! Conseguí leerla sin derramar una lágrima) Para paliar este dolor que socaban mis entrañas, me he dedicado mucho más a la lectura. Actualmente estoy escribiendo un libro sobre el debido proceso y la presunción de inocencia en el proceso penal que había dejado inconcluso, y del cual, solía comentarle a Luis, quien sin ser abogado o letrado, siempre se interesaba por mis cosas, sintiéndose orgulloso, cuando una que otra vez, y quizás por equivocación, yo ganaba algún premio. También he retomado un poemario que no tiene nombre sino arañazos y gemidos...Cada vez recuerdo el rostro demacrado de mi amada madre, una anciana de 82 años; y de mi viejo, de 85 años, quienes a cada rato me preguntaban – ya no lo hacen – cómo iban las investigaciones… Sé que están, posiblemente, como mi fe en el Creador: perdida... En verdad no sé si habrá justicia para mi hermano. Sé que ello no lo resucitará ni lo regresará a la vida. Hace unos días dialogando con un eminente colega mío, quien, del mismo modo, ha soportado adversidades, y, en todas ha salido airoso, le manifestaba que, con el tiempo, las heridas producidas por los sicarios que intentaron matarme, yo estaba seguro que no solo lo superaría sino que, asimismo, no le guardaría rencor ni odio a esas personas, que en el fondo, son merecedoras de misericordia, porque – inequívocamente – fueron criadas sin amor a la humanidad. En cambio, la muerte de mi hermano Luis Alberto en absoluto voy a superarlo. Viviré con ese dolor. Me acostumbraré a ese dolor. Me asiré al dolor de haber perdido a mi hermano. Es una lástima que ninguno de sus dos hijos varones se parezcan a él. En nada se parecen a mi hermano Luis Alberto. Han deshonrado su memoria. Por ello, de un tiempo a esta parte, he dejado de creer en el hombre. Desde tiempos inmemoriales el hombre ha buscado la esperanza en la eternidad. Ha creado mitos e íconos, viviendo por siglos, asido a la mentira. ¿Qué ello es sustancialmente fantástico, mágico? Por supuesto. Aporta tranquilidad, como cualquier quimera. Cuando recibo por facebook fotografías de mis hermanos fallecidos, como hoy, en la que fui etiquetado por mi hermana Raquelita, no encuentro palabras cómo expresar este sentimiento de añoranzas y tristeza que día a día, aprisiona lo que queda de mi ser.

martes, 16 de octubre de 2007

QUIZÁS EL ÚLTIMO...



Confieso que he deseado dejar, abandonar la poesía. He deseado librarme de ella, así no más, y para siempre. Nunca he podido escribir nada que no haya vivido o sentido. Quisiera ser como esos tipos que le escriben al amor sin sentirlo. Como esas personas que le escriben hermosos sonetos a las moscas o perfectos versos a los caballos. Yo no he podido. He realizado algunos fallidos intentos. Pero, particularmente, a mí esa vaina, me desagrada. Aquí transcribo, un poema que nació de una experiencia inolvidable. No me pidan más detalles. Si el poema no tiene título es porque ella es mi secreto. Es porque ella es pasado. Sagrado pasado. Y porque, además, olvidé su nombre.


De oro auténtico
Dulzor de tiempo
Son tus piernas,
¡Oh, mujer!
Nunca antes el mar vibró
Nunca antes Dios
Perdonó mis pecados
Por eso, ¡Oh, mujer!
Brindemos con champagne
Empalágame el falo con ternura
Aráñame despacito muy despacito
Y, luego, ¡Oh, mujer!
Aléjate de mí
Despídete de mí
Nadie te quitará mi vida
Nadie borrará tu imagen
¡De mentiras húmedas ésta hecha
/mi vida!
Tú sabes que te amo
Tú sabes que he sufrido todos
/tus aullidos
Tú sabes que padezco y muero
Porque soy cobarde
¡Oh, Mujer! Eres mi pecado
¡Oh, Mujer! Soy tu pecado
Sé fuerte
Maldíceme,
Mil veces maldíceme
Adentro muy adentro lloro
Dime ¡Adiós, para siempre!
Sin que me duela
Dime ¡Adiós, para siempre!
Sin que se quiebre mi canto
¡Oh, mujer! Eres mi pecado
¡Oh, mujer! Soy tu pecado
Dime ¡Adiós, para siempre!
Aléjate de mí, ¡Oh, mujer!
Sin que se quiebre mi canto



Post Data: escrito un día cualquiera de...

EL VALOR PROBATORIO DEL JURAMENTO DESDE EL PUNTO DE VISTA PROCESAL





El primer Papa de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, juro al hijo de Dios Padre, nunca traicionarlo, y mucho menos negarlo. Lo hizo tres veces. De nada valió su juramento. La Verdad—valga la mayúscula---que es Jesús de Nazaret, fue ultrajada por la mentira. Pero ¿Qué es el juramento? Para Francisco o Francois Gorphe, siguiendo a los aprovechados Colin y Capitant, el juramento es cuantiosamente un “acto religioso y simbólico”. Una mera escrupulosidad bien definida, muy diferente al “sentimiento de la certidumbre” del testigo; que no garantiza de ningún modo que el deponente manifieste la verdad. Hasta ahora el juramento no ha servido para buscar la fidelidad de una verdad realmente objetiva. En su obra La Crítica del Testimonio, Francois Gorphe, exhorta “suprimir la obligación y uniformidad del juramento”, considerándolo, un “formalismo arcaico”, pues ello no permite una “aplicación práctica a la justicia” . Que un testigo declare bajo juramento, no es garantía que su deposición sea acéfala de errores, o que por sugestión, turbación o corrupción, falte a su conciencia, y diga una mentira. Un Juez diligente no concede valor prima facie al juramento. El deber discrecional y soberano, patrocinado o anhelado por Gautier, Raúl Joly, Raoul de la Grasserie, tendencia seguida por Francois Gorphe no es otro que el testigo escoja o elija prestar o no juramento previa a su declaración, y sus ventajas, según el francés Gorphe, son: “ 1. Daría satisfacción a la libertad de conciencia de todos; 2. Devolvería al juramento un valor que va perdiendo a marchas forzadas; 3. evitaría la cuestión, casi insoluble, de la forma religiosa o civil del juramento, y la de saber si debe ser prestado varias veces en el curso del procedimiento penal (omissis); 4. Sobre todo facilitaría la crítica del testimonio”. No compartimos la opinión del jurista Alemán Joseph Antón Mittermanier en cuanto a que la persona que comparezca al juicio oral, en calidad de testigo, no pueda abstenerse de prestar juramento ni inhibirse de declarar, porque “ nadie puede eximirse del cumplimiento de este deber civil, ya bajo pretexto de que su deposición pudiera pararle perjuicio, ya alegando haber hecho promesa de callar en todo o en parte la verdad, ya, en fin por razón de opiniones morales y religiosas que prohibieran el juramento”. Hemos dicho en trabajos anteriores, que no solo el imputado o acusado puede abstenerse a declarar ; del mismo modo, puede hacerlo el testigo que deduzca que su declaración lo comprometa penalmente o que su testimonio lo constriña a una carga civil. Nadie está obligado a prestar juramento contra su voluntad. Nicola Framarino Dei Malatesta, en su altísima obra Lógica de las Pruebas en Materia Criminal (Tomo II), deja entrever que nunca estuvo de acuerdo con la abolición del juramento, suponiéndolo “un freno contra la mentira”, razón por lo cual, sustentó que “ El testigo, en general, desde el momento en que es admitido a rendir testimonio en juicio, puede ser obligado, por todos los medios legítimos, a decir la verdad, y de ahí el derecho correlativo de inducirlo, mediante todas las formas posibles, al cumplimiento de esa obligación”. Este célebre jurista Italiano mantuvo siempre, desacertadamente, que “al suprimir el juramento se incurre en un verdadero peligro, que es el de hacer mentir a un testigo, quien tal vez al jurar no habría mentido”. En realidad el valor del juramento depende de factores psicológicos y psiquiátricos, por las conmutaciones de las apreciaciones de los acontecimientos, de la retentiva y de la forma de declaración del declarante. Va a depender mucho de la idiosincrasia del deponente. ¿Cuál es la intención del juramento? Para Michel Cénac, es “la de atraer la atención del testigo sobre la dificultad que hay de discriminar lo que él sabe de lo que no sabe realmente”, esto es, que el testigo no mienta. No debemos olvidar que el testigo depone sobre los recuerdos percibidos y reconstruidos por su reminiscencia y bajo un componente expresivo y epistemológico, reparación equívoca de los hechos. Un testigo puede mentir creyendo que lo que dice es una verdad. Puede que manifieste en el tribunal aquello que es “ haciéndole creer al juez que es verdadero” (Luigi Battistelli). En su obra La Prueba y su Técnica, el Dr. Humberto Bello Lozano, mantiene que “la prestación del juramento es requisito esencial de la declaración, y, en consecuencia, vicia a ésta de nulidad”. ¿Será nulo el testimonio sin juramento? En el proceso civil la falta de uno de los requerimientos reclamados por el artículo 350 de la Ley Adjetiva Civil no castiga con nulidad absoluta; lo que podría deducirse que una declaración suministrada sin juramento tiene validez, y como bien lo afirma Bello Lozano, “(omissis) queda margen para que la soberanía de los jueces en su apreciación, tenga plena vigencia”, que es lo acertado, que el juez como soberano y autónomo tenga libertad para acoger o desistir tal o cual testimonio, ¿ No es ese el propósito de la norma procesal contenida en el artículo 22 del COPP? ¿No fue acaso Jeremías Benthán, quien señaló que “la imperfección se encuentra en la fuente misma del testimonio, cuando el espíritu del testigo se halla mal dispuesto hacia la verdad”? El hombre dirá la verdad, o transformara una mentira en verdad, a pesar de la configuración del juramento. En conclusión : el juramento no es un hecho probatorio fehaciente de que el testigo expresará la verdad con seguridad. En el proceso civil, el juramento tiene un valor distinto: se enumera entre las pruebas, el denominado juramento supletorio y el juramento decisorio. Empero, en el Derecho Procesal Penal, no pocos doctrinarios se han persuadido que el juramento si bien es riguroso, no motiva para decir la verdad, sin desconocer que el testimonio está subordinado a la valoración del juez. ¿ Si el testigo, por razones de dogma o cognición no quiere prestar juramento, tampoco formular promesa alguna, podría declarar? Pensamos que sí. El hombre moderno ha ido perdiendo el respeto y el amor por la religión; por tal saber, el juramento ha perdido fuerza en la acción judicial, y ha dejado de ser garantía de que el declarante dirá o expondrá “solo la verdad y únicamente la verdad”. En otras naciones, donde el proceso penal es más moderno, y el sistema acusatorio penal es mucho más puro, se considera inconstitucional la formalidad del juramento, por considerarla contraria a la libertad de conocimiento que consagra las Cartas Políticas Fundamentales y Modernas. El Dr. Eric Lorenzo Pérez Sarmiento, autor de la mejor obra especializada en materia de pruebas penales, que se haya publicado en Venezuela, profesa que el juramento, participando al dedillo del modelo de los juristas Mario Ugidos Rivero, Yevguenií Pashukanis, y Andrei Yanuarevich Vishinski, “debe ser sustituido por una obligación pura y simple de decir la verdad, so pena de delito, que la sociedad le impone al testigo”. Es decir: el juez debe advertirle al testigo que si miente será juzgado por el delito de falso testimonio, por consiguiente está en el deber de decir la verdad, pero no de prestar juramento alguno. La ley Adjetiva Penal Venezolana posee una predisposición abolicionista del juramento, tanto así que la norma procesal contenida en el artículo 222 no se departe de juramento, sino del compromiso de expresar la verdad, y ciertamente, como lo revela el autor de La Prueba en el Proceso Penal Acusatorio, en el COPP, en lo que se puntualiza a la prueba testimonial, no hay ninguna ordenación, “ que exprese la obligación de juramentar a los testigos y la forma en que debe realizarse ese juramento”, haciendo el legislador una escueta información que los menores de 15 años declararán sin juramento, lo que supone que los mayores de edad quedan en el compromiso de suministrarlo. Al testigo hay que señalarle que si se descubre que su testimonio es falso, ora por no decir todo lo que sabe, ora porque oculta la verdad, ora porque miente a sabiendas que lo que dice no es verdad, será castigado por el delito de falso testimonio: pero no debe compelérsele a suministrar juramento alguno.