A Maritza Herrera, mi fiel secretaria.
La envidia mata más que el hambre. Por ello yo nunca he envidiado, envidio, ni envidiaré a nadie. Lástima que haya abogados – no todos – llenos de envidia carcomida que gruñen y se molestan cuando a los noveles abogados les llegan trabajo. Pero eso es harina de otro costal. ¿Cómo y qué escribir sobre libros que no se han leído? Preferiblemente, hablar sobre los que ya conocemos. Tarek Willians Saab, amigo personal de quien escribe, es un poeta revolucionario en todo el sentido de la palabra.
Desconozco si su amor por la “revolución” (entre comillas, porque nunca he creído en revoluciones) le viene de su vinculación amistosa nada menos que con Douglas Bravo, el General de los Guerrilleros. Tarek y yo nos conocimos en la Ilustre Universidad Santa María. Ambos estudiábamos la rama de Couture. Su libro Los ríos de la ira ganó Mención Especial en el Premio de Poesía de la Revista Ko’eyú Latinoamericano y Mención Especial en la III Bienal-Corpollanos. “Los ríos de la Ira”, poema cruel, sangriento, y, al mismo tiempo, romántico, se inicia con este verso tajante: “Hoy he dormido con el alto sol en la cama”. Más adelante Tarek demuestra que no hay poeta sin erotismo: “Tu me viste dormir por meses sin ropa, sediento”. Gustavo Pereira – prologuista - tiene la duda de si Tarek continuará siendo poeta. Pero yo pienso que su poesía vibrará por largos años en la Venezuela contemporánea. Juan José Saer llamó poderosamente mi atención. Pocos poetas lo han hecho. Es más novelista que poeta, y eso se deja entrever en El Arte de Narrar, libro bellamente escrito en una prosa lúcida y brillante, espiritual y humana, libro escrito por un hombre anticonvencionalista a quien no le tiembla el pulso para escribir: “Lo pasearán como a una puta decrépita, de país en país, siempre medio borracho, saliendo de su casa al mediodía, despertando al amanecer en alguna embajada, en algún prostíbulo, en la Nación; la certidumbre de su genio tendrá valor de cambio otra vez y bastará ponerlo frente a una hoja blanca, en medio de una orgía, para que salga uno de esos sonetos de cuyas raíces únicamente él tiene el secreto”. Juan José Saer se refiere a nadie menos que al gran autor de Azul y Prosa Profana, Don Rubén Darío, el Maestro y Padre del Modernismo. Todo hombre tiene imaginación. Pero sólo a algunos les es dado el privilegio de describir con palabras extrañas lo que han imaginado. Yo creo que estos son los rapsodas. Es más: creo que únicamente por esto lo son. La portada más bella que han visto mis ojos la tiene el poemario de Willians A. Hernández: Las estrellas confinan un drama, editado por Taller de Letras Senderos Literarios. El título de la portada-cuadro- lleva por nombre: “visión a un futuro incierto” de la pintora Belén María Requena Martínez. El panorama refleja la explosión de una bomba atómica, la destrucción casi total del género humano. El rostro de un hombre deformado y afectado por la radioactividad. Y lo más hermoso: una mujer desnuda, embarazada, viva, con ganas de seguir viviendo, que sobrelleva una triste realidad: la continuación de la raza humana, la misma que se destruye (destruimos o se destruirá algún día) gracias a la envidia, al odio, al egoísmo, que carcome al hombre por dentro. Influenciado sin duda alguna de la poesía de Vicente Huidobro (1893-1948). Su poema “Exprés”, leído por mí una madrugada en que me acostaba borracho, me hace pensar que “La calle espera por mí” y “Prisión sin nombre”, poemas salidos de la pluma romántica de W.A.H., tienen una severa influencia no sólo de Vicente Huidobro, sino también del cubano Nicolás Guillén. La prosa, campechana y presumida, dúctil y llana, supera en grado sumo el verso de Willians A. Hernández, caraqueño nacido el 15 de junio de 1963, conferencista a nivel de secundaria, padre de otros dos hijos: Mis versos de autonomía, sentimentales para mi pueblo (1981) y “El rondar sin rumbo (1984) dedica su libro “a todas aquellas personas a las cuales nunca le han dedicado ni siquiera un olvido”. Yo lo hubiera dedicado a los muertos de hambre.
Desconozco si su amor por la “revolución” (entre comillas, porque nunca he creído en revoluciones) le viene de su vinculación amistosa nada menos que con Douglas Bravo, el General de los Guerrilleros. Tarek y yo nos conocimos en la Ilustre Universidad Santa María. Ambos estudiábamos la rama de Couture. Su libro Los ríos de la ira ganó Mención Especial en el Premio de Poesía de la Revista Ko’eyú Latinoamericano y Mención Especial en la III Bienal-Corpollanos. “Los ríos de la Ira”, poema cruel, sangriento, y, al mismo tiempo, romántico, se inicia con este verso tajante: “Hoy he dormido con el alto sol en la cama”. Más adelante Tarek demuestra que no hay poeta sin erotismo: “Tu me viste dormir por meses sin ropa, sediento”. Gustavo Pereira – prologuista - tiene la duda de si Tarek continuará siendo poeta. Pero yo pienso que su poesía vibrará por largos años en la Venezuela contemporánea. Juan José Saer llamó poderosamente mi atención. Pocos poetas lo han hecho. Es más novelista que poeta, y eso se deja entrever en El Arte de Narrar, libro bellamente escrito en una prosa lúcida y brillante, espiritual y humana, libro escrito por un hombre anticonvencionalista a quien no le tiembla el pulso para escribir: “Lo pasearán como a una puta decrépita, de país en país, siempre medio borracho, saliendo de su casa al mediodía, despertando al amanecer en alguna embajada, en algún prostíbulo, en la Nación; la certidumbre de su genio tendrá valor de cambio otra vez y bastará ponerlo frente a una hoja blanca, en medio de una orgía, para que salga uno de esos sonetos de cuyas raíces únicamente él tiene el secreto”. Juan José Saer se refiere a nadie menos que al gran autor de Azul y Prosa Profana, Don Rubén Darío, el Maestro y Padre del Modernismo. Todo hombre tiene imaginación. Pero sólo a algunos les es dado el privilegio de describir con palabras extrañas lo que han imaginado. Yo creo que estos son los rapsodas. Es más: creo que únicamente por esto lo son. La portada más bella que han visto mis ojos la tiene el poemario de Willians A. Hernández: Las estrellas confinan un drama, editado por Taller de Letras Senderos Literarios. El título de la portada-cuadro- lleva por nombre: “visión a un futuro incierto” de la pintora Belén María Requena Martínez. El panorama refleja la explosión de una bomba atómica, la destrucción casi total del género humano. El rostro de un hombre deformado y afectado por la radioactividad. Y lo más hermoso: una mujer desnuda, embarazada, viva, con ganas de seguir viviendo, que sobrelleva una triste realidad: la continuación de la raza humana, la misma que se destruye (destruimos o se destruirá algún día) gracias a la envidia, al odio, al egoísmo, que carcome al hombre por dentro. Influenciado sin duda alguna de la poesía de Vicente Huidobro (1893-1948). Su poema “Exprés”, leído por mí una madrugada en que me acostaba borracho, me hace pensar que “La calle espera por mí” y “Prisión sin nombre”, poemas salidos de la pluma romántica de W.A.H., tienen una severa influencia no sólo de Vicente Huidobro, sino también del cubano Nicolás Guillén. La prosa, campechana y presumida, dúctil y llana, supera en grado sumo el verso de Willians A. Hernández, caraqueño nacido el 15 de junio de 1963, conferencista a nivel de secundaria, padre de otros dos hijos: Mis versos de autonomía, sentimentales para mi pueblo (1981) y “El rondar sin rumbo (1984) dedica su libro “a todas aquellas personas a las cuales nunca le han dedicado ni siquiera un olvido”. Yo lo hubiera dedicado a los muertos de hambre.
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