martes, 16 de octubre de 2007

OSCAR FERRER CARRASCO




Es Oscar Ferrer Carrasco la amistad convertida en credo. Nadie puede decir lo contrario. En los acontecimientos diarios de la comarca, se le ha etiquetado de mujeriego, bebedor de caña y hombre de bien. Y ¿quién no queda vislumbrado en estas áridas tierras, quién no queda, digo, prendado de la belleza de la mujer torrense y no ahoga los fervores del calor ardiente con el manantial vital que venden en El Páramo y en La Chimpolera? También yo, de cuando en cuando, me doy mis escapadas. Pero en lo personal, de lo que nunca podrá decirse de Oscar Ferrer Carrasco, ni siquiera podría pensarse, que es un hombre falso. Tenerlo de amigo es un honor, y, tenerlo de enemigo, para cualquiera persona, es una honra. Como litigante jamás atropella a su contrincante con indignantes estrategias muy comunes en el abogado de hoy en día. Una expresión suya, y que yo he tomado para mí, en una conferencia dictada ha tiempo en los salones de la Sociedad de Ganaderos de Occidente, explica por sí sola, por qué el alma de ese abogado con voz de montaña silvestre, es aliento y sublime como las aguas del Morere: “Yo sólo soy un hombre de campo”. Esa es la palabra de un hombre que ha triunfado como productor agropecuario, que ha logrado establecerse como un gremialista a carta cabal, de condiciones envidiables; esa es la voz sincera de un hombre que ha sido y será siempre un excelente profesional del derecho, que ha conseguido sin proponérselo, en sus casi cuarenta años de graduando, desempeñarse en áreas distintas, ora como Magistrado, ora como Fiscal del Ministerio Público, ora como loable penalista, quien junto a los estimables Doctores Francisco Daniel Meléndez y Ángel González Lameda, ha más de una década, asumió en sus manos, los más sonados y valiosos casos del estado Lara; esa es la voz de un hombre que quiere ser recordado, simplemente, como “un hombre de campo”. Desde entonces y mucho más, desde los tiempos en que era el abogado de mi familia, he admirado al hombre honrado y trabajador perseverante y amante de la tierra que nos proporciona el fruto del diario vivir. El Colegio de Abogados de Carora existe porque, un joven recién graduado en leyes, en la Universidad de Carabobo, llamado “El Toro Ferrer”, logró reunir aun grupo de abogados caroreños, y pedirle nada menos que al Dr. Rafael Caldera que fuera padrino de la fundación de nuestro Colegio.
No conozco otro abogado que se haya preocupado tanto por nuestro colegio. Oscar Ferrer Carrasco tuvo el misticismo mágico de eternizarse en el pasado, presente y futuro de Carora. En todo el trayecto de su vida como hombre apegado a las buenas costumbres, está latente el padre amoroso, el hermano solidario, el hijo que desemboca toda su ternura en los brazos de su madre, el amigo fiel que no habla ni le desea mal a nadie. Cierto que es el caudillo que más ha perdurado. Pero el crisol del tiempo ha demostrado que el Dr. Oscar Ferrer Carrasco, es un hombre que quiere y ama con fervor inusitado estas tierras calurosas que no descansa en luchar por el engrandecimiento y el proceso de la ciudad, instituyéndose en un autentico ejemplo para la juventud que cree en los valores humanos. Un hombre equilibrado debe saber escoger a sus amigos y a sus enemigos. Cecilio Acosta, por ejemplo, polemizaba, únicamente, con Ildefonso Riera Aguinagalde.
Un hombre inteligente cultiva la tierra, convive con la naturaleza, acepta a Dios como el creador supremo, predica humildad, rinde honores al vino, como buen apóstol, y se rodea siempre de hermosas flores con piernas de gacela.
Quiero hacer una confesión, en esta pequeña nota: tengo pavor por el hombre abstemio. Un poeta, un escritor, o un abogado abstemio es pavosísimo. Por eso, nunca he dejado de leer a Whitman, Kierkegaard, a Orlando Araujo y Ludovico Silva, por decir lo menos.
Iba a decir que en el Dr. Oscar Ferrer Carrasco, se configura orgánica y espiritualmente la virtud y la gloria del hombre inteligente, pero me he desviado. Ha tiempo polemicé públicamente con el Dr. Oscar Ferrer Carrasco. Sendos regaños obtuve de mis amados padres. Menos mal que mi madre sabe que en ocasiones, al mejor estilo de Charles Baudelaire, “he sido víctima de crisis e impulsos tales, que nos autorizan a suponer la existencia de demonios maliciosos”.
Por eso es mejor decirlo de una vez: mucho me han hablado de Oscar, el Juez; Oscar, el Fiscal; Oscar, el educador (en sus años mozos impartió clases en el Liceo “Egidio Montesinos” de Carora); Oscar, el Ganadero; Oscar, el Abogado; Oscar, el Gremialista. Yo prefiero hablar de Oscar, el amigo; del enemigo que me hace falta (ahora ya no tengo con quién polemizar); del hombre que se siente orgulloso, de ser, como yo: un hombre de campo.












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